I Jornada de Bioética de la Ilustre Academia de Ciencias de la Salud Ramón y Cajal
18/11/2018
¿Qué está pasando?
18/11/2018

Por José Luis Velayos, Catedrático Honorario de Anatomía y Neuroanatomía de la Universidad de Navarra. Catedrático Honorario de Neuroanatomía de la USP CEU. Fue Catedrático de Anatomía en la Universidad Autónoma de Madrid.

Dedicado a Inés Casado y a Mario Lagos.

Se trata de la llamada generación Y (sucesora de la generación X), que engloba a los nacidos en torno al año 2000, es decir, hacia el inicio del segundo milenio. Son jóvenes inmersos totalmente en las nuevas tecnologías, lo que, según algunos, probablemente haya influido en su comportamiento, incluso en el de tipo sexual. Se adaptan sin grandes problemas a los cambios, lo cual no es equivalente a indiferencia, despreocupación, sincretismo, falta de interés (cuestiones que alguien les achaca).

Son los “millennials”, de los que algunos dicen que son asexuados, bisexuales, sin preferencias, que buscan el placer “sin más”.

No se puede hablar de un estado “unisex”, pues los hechos neurológicos son tozudos: el varón siempre tiene en todas las células de su cuerpo una carga cromosómica distinta que la mujer; y el cerebro es diferente, y las consecuencias del abuso del cuerpo, independientemente del sexo, aunque con matices, son igualmente perversas. Es obvio que varón y mujer, sea la edad que sea, son diferentes, y no son asexuados.

Algunas estadísticas, sesgadas, de forma hipertrofiada, quieren mostrar que el 25 % de los jóvenes son indiferentes sexualmente.

Dejando aparte las ideologías, las encuestas, los cuestionarios, etc., hay que considerar que influenciados por el ambiente actual, egocéntrico, algunos (no todos los jóvenes) buscan el placer a toda costa, sin frenos, sin límite alguno. Como es bien sabido, hay jóvenes (y no tan jóvenes) que piensan (y así actúan) que cinco o seis días de la semana son para trabajar, incluso a todo ritmo, y el “finde” es para descansar, interpretando el descanso como una diversión  “a tope”, en que se le exige al cuerpo (y a la mente) lo máximo que pueda dar, sin medida.

Sin embargo, el descanso no es no hacer nada, y no es hacer todo lo que a uno le apetece (son frases muy elocuentes: hago o no hago esto porque “me apetece” o porque “no me apetece”). Cambiar de ocupación, darse a los demás, descansa.

Entre otras, una de las consecuencias del abuso incontrolado, continuado, de las energías, es la afectación de la memoria y de las capacidades cognitivas, resultando a la larga un rendimiento laboral y académico pobre. Es un efecto más dañino que el de la típica “resaca” esporádica. Y parece ser que el daño viene a ser mayor en la mujer joven que en el varón joven.

En este sentido, ¿cuáles son las implicaciones neurobiológicas?

La corteza cerebral (que viene a ser la porción envolvente, la “cáscara” del cerebro) es el instrumento que pone en marcha el control de lo jerárquicamente inferior, como es el sistema límbico (situado en la profundidad, en el “cogollo” del cerebro). Las neuronas de la corteza cerebral controlan a las neuronas del sistema límbico, sistema éste del que depende en gran medida el funcionamiento de las estructuras más relacionadas con lo instintivo.

Si no se le deja a la corteza cerebral actuar, el resultado es una “animalización biológica” y una adicción (provocada por la repetición de actos), cuyo remedio (aunque posible) es muy trabajoso. Como lo instintivo es ciego, el ansia de placer se hace adictiva y pasa por encima de lo que es fisiológico, normal.

Se activan así, zonas cerebrales que tienen que ver con el placer. Tal es el caso de la amígdala cerebral, estructura situada en la profundidad del polo del lóbulo temporal del cerebro. Es una zona funcionalmente compleja, que tiene que ver tanto con el miedo, el temor, la repugnancia y el asco, el horror, como con lo que es placentero, agradable, apetecible. La amígdala tiene importantes conexiones con la corteza cerebral y con una amplia red de estructuras neurales, tanto en sentido aferente (recibe impulsos) como eferente (envía impulsos); estructuras éstas relacionadas con lo visceral, hormonal, instintivo, y con una fuerte implicación con los procesos de memoria. En los casos considerados se da una fuerte activación de la amígdala cerebral. Por eso, son individuos que se tornan insaciables.

Parece ser que en la antigua Roma, si no de modo igual, ocurría algo parecido a lo que se dice de los actuales “millennials”: no hay más que acudir a los relatos históricos, que nos hablan de ambientes de embriaguez, glotonería, orgías, sadismo, masoquismo, lujuria, perversiones de todo tipo. Pero con la llegada del Cristianismo la sociedad se humanizó.

Esta época en la que vivimos se parece mucho a la antigua. Por eso, se hace muy necesaria la recristianización de la sociedad en todos los sentidos. Los cristianos, que no son “como los demás”, sino que son igualmente “los demás”, son el fermento, la levadura que ha de hacer fermentar toda la masa.

Los cristianos siempre plantaron la semilla que cambia el mundo.