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Por José Manuel Belmonte, Dr. En Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CiViCa. Publicado en su blog Esperando la Luz el 10 de agosto de 2021

Cargado de regalos, como un mago has venido ¡Dios sabe desde dónde! Lo trajiste todo a la vez rebosando de cariño, alegría, ternura, paz y vida.

Eras como un pensamiento tan grande o tan pequeño, que no encajaba ni cabía en nuestra mente ni  nuestros brazos parecían capaces de sostenerte. Por lo visto en el camino, sin detenerte, sabías o intuías que no era necesario decir nada, solo venir y estar.

En tu caso concreto, no hizo falta siquiera que su madre le diera a luz. A veces ese momento es un peligro.  Por eso quiso evitar cualquier preocupación. Había crecido tanto y estaba tan bien, que los médicos pensaron que sería menos peligroso y más rápido realizar una incisión quirúrgica (laparptomía) en el abdomen de su madre y extraerlo, para que no sufriera. Y…no sufrió.

En la sala donde habían llevado a su mamá, había varios médicos. Estaba todo limpio y preparado. Esa era la sala de partos.  Programaron su venida para las 21 horas del día 30 de julio de 2021.  Dejaron al padre -un manojo de nervios- en la antesala, y le dijeron que después saldría un médico para decirle como había ido todo.

¡El bebé tenía prisa, no esperó, se adelantó! A las 20,50 ya su madre pudo verlo. Le limpiaron y al extrañar las manos, lloró.

Uno de los doctores indicó que le acercaran a donde estaba su mamá. Ella,  acariciándole la cara con ternura le dijo: «Izan, no llores, cariño». Y, al reconocer la suavidad de su mano y su voz, cesó el llanto al instante. ¡Era su mamá, su mano y su voz!  Se oyó el silencio y los latidos más tranquilos de todos, volvieron a la normalidad.

Cada uno hizo su cometido tal como se esperaba. Nació, bien y rápido. Era perfecto. Su cara de asombro y su vagido recordaban que cuando un niño nace, el mundo renace en él.  Era fuerte, sano y guapo. Se debía tener en cuenta la situación delicada de pandemia y aunque la rutina parece igual, todo sería diferente. El aleteo de una mariposa podía turbarlo.

Pasado un tiempo -que pudo parecer increíblemente largo- una doctora apareció sonriente con el bebé y lo dejó con suavidad sobre el pecho de su papá, y le dijo: ¡Todo ha ido bien, la mamá se está recuperando!

El pequeño acomodó todo su ser sobre el pecho de su papá. En un instante se  comunicaron todo lo esencial. Al escuchar el latido y sentir su cariño, piel con piel, el viajero pequeño cayó rendido y se durmió. ¿Puede sentirse a través de la frontera de la piel el cariño infinito?

En todo caso, lo cierto es que no necesitó cuna, ni cama, le bastaron los brazos seguros y suaves de su padre. En ellos encontró lo que había sentido durante cada día de las 40 semanas: la tierna canción del amor y el arrullo de las palabras de quienes  habían deseado su llegada, y le hablaban con dulzura, mientras se iba formando en el seno materno.  La importancia que tienen esos minutos y esos sentimientos anteriores, hacen que la comunicación sea más fácil desde que el bebé llega.

El destino está escrito en una vida y fluye desde el inicio del camino que nos trae a los brazos de quien nos aguarda y acoge con amor.  En la penumbra del misterio, la primera exigencia del hijo es nacer y estar vivo. Las fotoecografías han ido mostrando el desarrollo normal de los primeros pasos del bebé soñado y querido, pero desconocido.

Fue el viernes al caer la tarde, pero no se había apuesto el sol. Debido a la operación, el bebé, la mamá y el acompañante (su papá), deberían permanecer en el hospital unos 5 días.

Sin embargo, gracias a la evolución satisfactoria  y rápida, tanto del bebé como de la mamá, el domingo les anunciaron que les darían de alta el lunes. Y así fue el 2 de agosto.  Para su alegría, la familia salía para su casa tan solo dos días y unas horas después de que el bebé hubiera nacido. Los gozosos padres, anhelaban el momento de estar los tres en casa.

No nos podemos imaginar la dicha, el amor y la paz que una criatura emana, solo con verla.  Los abuelos, que habían estado pendientes en todo momento,  al verlo físicamente  no cabían en sí de gozo. Se estremecieron y  hasta un escalofrío recorrió todo su ser. El pequeño ángel, no puede ser más hermoso ni más grande, ni su  presencia hacer felices a tantos.

Cada sentido, cada miembro, cada órgano, cada célula del pequeño, en ese perfecto cuerpecillo, crea relaciones divinas de armonía, aceptación, abundancia y vida. Todo se ha ido formando y tejiendo sin prisa pero sin pausa, misteriosamente, gracias a un acto de amor y un pensamiento personal, con un sentido y con un destino, que al final coincide con el nombre que ellos le han escogido y es el ser que, temblando, y casi sin creer que sea su hijo,  besan y mecen en sus brazos. ¡Pura ternura!

«Hay solo dos maneras de vivir la existencia: una es pensar que nada es un milagro, la otra es pensar que todo lo es», dijo Albert Einstein.  El científico, no dijo que fueran incompatibles. Solo que el pensamiento es el antecedente de lo que somos, y creamos. Todo ello confiando desde la cuna, en la luz que alumbra, la naturaleza y la belleza.

Gracias a la vida por tu venida y por esta experiencia nueva, inmensa y extraordinaria de proseguir el camino de la vida, desde tu llegada, cada uno con un título nuevo, increíble: hijo, mamá, papá, abuelos, un hogar y una familia nueva. Todo eso nos lo has regalado tú, con tu nacimiento. Es un mundo nuevo, con una relación de absoluta donación de amor.

Cualquier bebé que llega a este mundo es único. Los 7.500 millones de humanos que estamos actualmente en este planeta, hemos llegado en un entorno más o menos similar. Cada vida que viene es un alumbramiento de la estrella de la esperanza en el firmamento  de la galaxia humana. Por pequeña que sea esa estrella tiene un nombre, una historia y una luz.  ¡Gracias a la Vida!

BELMONTE
BELMONTE
Dr. en Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CíViCa