La eutanasia supone una política de descarte de los enfermos dependientes

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Por  Ignacio Gómez Pérez, Publicado en el Observatorio de Bioética, Universidad Católica de Valencia, el 20 de junio de 2018

La proposición de ley para despenalizar la eutanasia y el suicidio asistido, presentada por el PSOE en el Congreso de los Diputados el pasado 3 de mayo, e impulsada por el Parlamento de Cataluña, supone “un paso de gigante en la pendiente resbaladiza que rige la aprobación de estas leyes, saltando directamente de las leyes de varias comunidades autónomas que regulan las actuaciones sanitarias al final de la vida, a una clara eliminación de la vida humana considerada inútil”.

En este sentido, la proposición de ley “constituye una clara política de descarte de los enfermos dependientes y de los que padecen un sufrimiento físico o psíquico insoportable, términos flexibles y fácilmente adaptables a múltiples circunstancias en función de quién los aplique”. La cuestión de fondo es “considerar que las personas en estas circunstancias tienen una vida sin valor”.

Frente al acto u omisión conducente a eliminar la vida de una persona en la fase final de su vida que implica la eutanasia, una alternativa éticamente válida son los llamados ‘cuidados paliativos’. Estos “proporcionan realmente una muerte digna como la persona que es todo paciente, por muy deteriorada que esté su salud”, de ahí que los cuidados paliativos sean “la respuesta ética y deontológica en las graves situaciones que se producen a veces en la fase terminal de la vida, y no la eliminación del sufridor cuando no se puede eliminar el sufrimiento”.

La sedación terminal paliativa, aceptada por la Iglesia católica desde Pío XII en 1957, da solución al dolor y sufrimiento refractario a otros tratamientos. Las asociaciones médicas nacionales y mundiales “apoyan estas medidas y rechazan la práctica de la eutanasia por los médicos, formados para curar a veces, mejorar otras, y consolar siempre, como dice el antiguo aforismo”.

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