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Por José Luis Velayos, Catedrático Honorario de Anatomía y Neuroanatomía de la Universidad de Navarra. Catedrático Honorario de Neuroanatomía de la USP CEU. Fue Catedrático de Anatomía en la Universidad Autónoma de Madrid. Recibido el 15 de marzo de 2020. (Dedicado a Francisco Molina Molina)

El «Fausto», de Goethe, obra literaria de relevancia universal, fue llevado a la ópera, entre otros, por Berlioz («La condenación de Fausto») y por Gounod («Fausto»). Tuvo precedentes literarios en el «El mágico prodigioso», de Calderón de la Barca.

Charles Gounod, uno de los músicos franceses más famosos del siglo XIX, produjo doce óperas. Su obra «Fausto» es la más conocida.

La obra se desarrolla en cinco actos. El lugar es la Alemania del siglo XVI. El Doctor Fausto, culto, con gran cantidad de conocimientos, desencantado, viejo, un día de Pascua de Resurrección llama al demonio para que venga en su ayuda. Aparece en el acto Mefistófeles, con quien firma un pacto, tras lo cual se trasforma en un joven que va a emprender, siempre acompañado por el diablo, todo tipo de aventuras, gozando incansablemente de los placeres y conociendo sin saciarse. Seduce a Margarita, comete un asesinato y provoca la muerte de la madre de Margarita. Al final, vuelve a envejecer, y hastiado de todo, muere, pero rezando, y es salvado gracias al amor de Margarita y, en la obra de Goethe, gracias a la intercesión de la Madre de Dios, Madre Dolorosa y Madre Inmaculada, como se la proclama en la obra..

En el “Fausto” late el «seréis como dioses», la antigua tentación que induce al hombre a prescindir de Dios, erigiéndose en «el pequeño dios del mundo», como se dice en la obra de Goethe.

Y ese pequeño dios quiere a toda costa dominar lo indomable. Por ejemplo, los coronavirus, a día de hoy, se escapan al control orgulloso del hombre. Es muy importante la investigación, el trabajo, el empeño en controlar la pandemia, pues se trata de la salud, de la vida y de la muerte de muchos seres humanos. Es lógico luchar por evitar el contagio. Pero también se precisa un mayor abandono en las manos del Creador.  Probablemente nos olvidamos de que estamos en manos de Dios.

Parece como si el diablo jugase con el hombre, embotellado, metido en una jaula, en una bolsa, acorralado, sin escapatoria. Es una risa diabólica la que el orgullo humano provoca. Es el riesgo que corre el hombre, al creerse autosuficiente, con inmenso poder en sus manos.

El hombre, sin Dios, se deprava, se hace menos hombre. Se trata de la tentación de siempre, que se refleja también en las manipulaciones que se hacen con la vida y la muerte: sobre los embriones, con la fecundación in vitro, la inyección intracitoplásmica, la clonación, la eutanasia, y un largo etcétera. Pero la vida es la misma desde el principio, su dignidad permanece hasta el final. Por  eso, toda actuación sobre el cuerpo o el alma del hombre es una actuación sobre una persona concreta.

Son prácticas que suelen acompañarse del ansia de poder y de dinero. Es egoísmo, egocentrismo.

Es necesario sostener y promover la investigación científica para el beneficio de la humanidad, pero no ha de ser contradictoria con la dignidad del hombre, de lo contrario, la naturaleza se rebela. Por ejemplo, las células madre embrionarias, inyectadas, dan lugar a tumores y producen rechazo inmunológico. Los anticonceptivos, y en concreto la píldora del día después han originado una banalización del sexo, no viendo que el sexo, la paternidad y maternidad, el amor, la filiación, están unidos.

Y en el caso del Covid19, ¿ha habido manipulaciones extrañas en algún laboratorio? Y como consecuencia, ¿se ha “desmadrado” el virus? ¿Ha habido irresponsabilidad por parte de algunos? ¿Qué entresijos no conocemos?

¿No sigue vistiéndose de belleza, de verdad y de bien lo que es el mal? Es una visión mefistofélica. El hombre, embriagado por el poder que Dios le dio sobre la naturaleza en el Paraíso Terrenal, torciéndolo, modifica la obra que salió de Sus Manos pura e incontaminada. Es la soberbia, la lujuria, la avaricia, la ira, la envidio, la pereza, la gula, como se lee en el «Fausto» de Goethe,  lo que ensombrece al mundo. El pecado original es una realidad. Y cada hombre, personalmente, con sus errores, fallos y pecados, es responsable del desastre. ¿No será consecuencia de la maldad la propagación desmedida de los coronavirus?

Pero hay solución. Se trata de volver a las raíces primeras, al origen: el hombre es hijo de Dios, es su imagen y semejanza, y ha sido salvado por el mismo Dios, que se hizo hombre, igual a nosotros, menos en el pecado. Por eso, se hace necesaria una recristianización de la cultura, de la ciencia, de la sociedad toda, para que el hombre sea más hombre, para que tome en serio su dignidad. La pandemia del coronavirus no ha de ensombrecer esta necesidad.

Nicolás Jouve de la Barreda
Nicolás Jouve de la Barreda
Catedrático Emérito de Genética de la Universidad de Alcalá. Presidente de CiViCa.