La vida no termina. El cielo es real.

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Por José Manuel Belmonte (Dr. en Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CiViCa)

En momentos de confusión, conviene tener algunas cosas claras. Pasado el ruido de Halloveen, llegó la Fiesta de todos los santos y el Día de los difuntos. Dejan en el aire, nuestra percepción sobre el más allá. No es mi intención decir lo que yo sé de ello-que es bien poco-, sino dejar que hable alguno de los que han estado allí y han podido contarlo. 

demás de que vamos a morir, ¿sabemos algo? ¿La vida se termina? ¿Hay una dimensión distinta del espacio temporal que ahora percibimos? ¿Somos inmortales? ¿Estamos en la buena dirección?

Por José Manuel Belmonte (Dr. en Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CiViCa)

En momentos de confusión, conviene tener algunas cosas claras. Pasado el ruido de Halloveen, llegó la Fiesta de todos los santos y el Día de los difuntos. Dejan en el aire, nuestra percepción sobre el más allá. No es mi intención decir lo que yo sé de ello-que es bien poco-, sino dejar que hable alguno de los que han estado allí y han podido contarlo.

demás de que vamos a morir, ¿sabemos algo? ¿La vida se termina? ¿Hay una dimensión distinta del espacio temporal que ahora percibimos? ¿Somos inmortales? ¿Estamos en la buena dirección?

Es normal reconocer que quienes han estado en un lugar determinado, en un momento dado, (sea el nacimiento de un río, un lugar concreto de un país distinto al suyo, en un acontecimiento deportivo, musical, en la cercanía de un terremoto o huracán  pueden contar datos y matices que sólo ellos han podido captar y transmitir. Así que seguro que si alguien, ha pasado por una situación

Afortunadamente un niño puede saber muchas cosas esenciales. Los niños no mienten. También los científicos adultos saben mucho, cierto. Seguro descubriremos si hay o no coincidencias en lo que nos cuentan los niños y los adultos. No quiero predisponer en absoluto a los lectores. Mejor es escuchar la entrevista al niño de 4 años, y a su familia, realizada por María Vallejo Nájera:

Además de los libros, que se muestran en la entrevista, hay ya una película. Los libros llevan unos títulos muy elocuentes: «El cielo es real. La asombrosa historia de un niño de 4 años que visitó el cielo»;  «El cielo lo cambia todo. Vive cada día sabiendo que hay un después».

Muchos de los que han visto, y escuchado afirman que un niño no se puede inventar todo eso.  Algunos cuentan vivencias que no distan mucho de lo que ha dicho el niño.

Pero por si alguien duda del testimonio del Colton y de la familia Burpo, de Nebraska, o de la apendicitis perforada que le mantuvo 5 días entre la vida y la muerte,  hay otros testimonios.  El niño afirmó que había visto a su abuelo, muerto 30 años antes de que el naciera, y a su hermana, cuya existencia ignoraba, ya que la madre sufrió un aborto espontaneo y nunca había hablado de ese tema con su hijo, dada su corta edad.

El periodista y analista de la CNN Andrés Oppenheimer realizó una entrevista al Dr. Eben Alexander, prestigioso neurólogo, que estuvo en coma 7 días y relata una experiencia (parecida a la que tuvo el niño )

Al volver de la vivencia tan intensa, escribió un libro, con un título contundente «La prueba del cielo«, donde afirma que el cielo existe. En Vida más allá de muerte, afirma que «La vida, tras la muerte, existe y la ciencia debe tomarlo en serio». Son dos afirmaciones por las que ha pasado.

 “Cuando una persona que ha estado clínicamente muerta vuelve a la vida y describe a los demás su viaje a otros mundos mayores, necesitamos escuchar lo que esa persona tiene que decir y preguntarnos, no si suena estúpido o no, sino si puede haber algo de verdad en ello”.

Lo que aquí se plantea, no es un debate entre la fe y la ciencia. Tampoco es «una lucha entre la religión y la ciencia», defiende Alexander. Algunos quieren  ignorar lo que se dice, con el pretexto de que toda defensa de la vida después de la muerte pertenecería a la primera y sería rechazada categóricamente por la segunda. ¿Por qué no estudiar estos casos de la misma manera que cualquier otro objeto de estudio científico, y sin dejar que la superstición enfangue el camino?»  Si existe, es independiente de que uno sea creyente, ateo o agnóstico, y da igual que uno sea niño o adulto, analfabeto o sabio.

¿Y si el hecho de que cada día haya más gente que ha tenido esa experiencia ay la trasmite, pudiera ser que estuviéramos entrando en una nueva era de exploración? El que sea nuevo, distinto y choque, no quiere decir que no sea real. Dice que Alexander que «de igual manera que Europa vivió la gran era de los descubrimientos entre el siglo XV y el XVII, (algo que en su tiempo muchos ignoraban o ponían en cuestión), podemos estar a punto de entrar en una época semejante, siempre y cuando no desconfiemos de esos intrépidos aventureros del más allá. “Los nuevos descubrimientos serán impactantes, pero también profundamente confortables y sanadores”, explica. “Lo sé porque he estado en el límite de ese nuevo mundo y he vuelto. Sé que el amor, la belleza y el bien son reales, y que el alma también es real”. El problema a la hora de creer estas historias, señala el doctor, es que las vivencias no son vagas ni abstractas, sino tan reales como “la lluvia, la madera, la piedra o la barra de mantequilla de tu desayuno”.

En ese mundo, o en esa dimensión, el amor lo es todo; es paz y luz, y música y gozo y acogida y reencuentro con los seres queridos, incluso con los desconocidos. «Vi una multitud de seres trasparentes y brillantes, seres avanzados, formas superiores, diferentes a todo lo que he conocido en este planeta…la alegría de estos seres era tan grande que no pudiendo contenerla se hacía música, pero palpable  como una lluvia que puedes sentir en tu piel, pero no cala”.

Eso da una nueva perspectiva a los problemas del mundo, como la contaminación, la superpoblación, o la soledad. Hay que luchar para mejorarlo cada día, pero sin desesperar, porque no estamos solos ni trabajamos solos. Cuando una persona a la que hemos amado, nos deja, seguimos amándola, por encima de argumentos escuálidos, no estamos equivocados. El ser espiritual al que hemos amado, mirado, con el que hemos caminado tanto tiempo, sigue vivo. No es un vano consuelo, es una realidad. Está en otra dimensión, pero sigue vivo y espera. No ha desaparecido para siempre, todo lo contrario. En el cielo, junto la luz y lleno de amor, es feliz.

Y en esa dimensión, Dios (o como cada uno lo llame: Alá,  Cristo, Amor, Luz,) lo es todo. Escucha, los ruegos, las oraciones y súplicas, como escuchó a los padres de Colton, o las de quienes estaban junto a la cama de Alexander durante las 24 horas.

La doctora suiza Elizabeth Kübler-Ross, especialista e investigadora en casos de personas que han sufrido experiencias cercanas a la muerte afirma que “Deben saber que si se acercan al lecho de su padre o madre moribundos, aunque estén ya en coma profundo, ellos oyen todo lo que les dicen, y en ningún caso es tarde para expresar «lo siento», «te amo» o alguna otra cosa que quieran decirles. Nunca es demasiado tarde para pronunciar estas palabras, aunque sea después de la muerte, ya que las personas fallecidas siguen oyendo».

El mundo del más allá, nada tiene de aburrido.  Lo que el niño Colton de cuatro años descubrió, fue un mundo de jóvenes alegres, en plenitud de vida, aunque murieran en el vientre de su madre antes de nacer o ya muy ancianos.

Y como dice el médico Eben Alexander, «aunque que pueda sonar “loco”, allí hay “árboles y flores”, así como “campos y animales”. También hay “agua en abundancia” que desciende en forma de lluvia, fluye en ríos donde los peces pueden nadar. Los objetos pueden parecer tan terrenos como los que vemos en nuestra vida diaria, pero tienen vida. Pero todo allí está vivo.

Si todo eso, es verdad, la muerte no es el fin da nada, sino un comienzo radiante.  Ahora bien, el que pueda ser así no quiere decir que sea automático. La doctora Elizabeth Kübler-Ross habla del encuentro con la luz. Y dice: “Esa luz era más blanca, de una claridad absoluta, a medida que los pacientes se aproximaban a ella. Y ellos se sentían llenos del amor más grande, indescriptible e incondicional que uno se pudiera imaginar. No hay palabras para describirlo. Cuando alguien tiene una experiencia del umbral de la muerte, puede mirar esta luz sólo muy brevemente. De cualquier manera, cuando se ha visto la luz, ya no se quiere volver».

Pero verla y contemplar a esa claridad toda la vida pasada hasta ese momento, es descubrir las consecuencias de lo que pensamos, decimos o hacemos aquí y ahora. «Frente a esta luz, ellos se daban cuenta por primera vez de lo que hubieran podido ser. Vivían la comprensión sin juicio, un amor incondicional, indescriptible. Y en esta presencia, que muchos llaman Cristo o Dios, Amor o Luz, se daban cuenta de que toda la vida aquí abajo no es más que una. Y allí se alcanzaba el conocimiento. Conocían exactamente cada pensamiento que tuvieron en cada momento de su vida, conocieron cada acto que hicieron y cada palabra que pronunciaron. En el momento en que contemplaron una vez más toda su vida, interpretaron todas las consecuencias que resultaron de cada uno de sus pensamientos, de sus palabras y de cada uno de sus actos. Muchos se dieron cuenta de que Dios era el amor incondicional. Después de esa «revisión» de sus vidas ya no lo culpaban a Él como responsable de sus destinos. Se dieron cuenta de que ellos mismos eran sus peores enemigos, y se reprocharon el haber dejado pasar tantas ocasiones para crecer. Sabían ahora que cuando su casa ardió, que cuando su hijo falleció, cuando su marido fue herido o cuando sufrieron un ataque de apoplejía, todos estos golpes de la suerte representaron posibilidades para enriquecerse, para crecer”.

Que cada uno saque sus propias conclusiones.

 Como se puede comprobar no he puesto citas de ningún libro sagrado de ninguna religión. Se puede estar o no de acuerdo. Los lectores, como seres humanos comparten con todos los demás su vida y su esperanza, su trabajo por un mundo mejor, su camino y sus deseos de paz y de felicidad.  La muerte iguala a todos, porque es un paso a otra dimensión. En esa nueva dimensión no hay parcelas de seres separados por razas, ni religiones, idiomas o riquezas. No estamos solos  en este mundo porque esos seres espirituales están junto a nosotros y pueden ayudarnos si se lo pedimos.

Y la última consecuencia que considero importante:  lo que trasmiten quienes han pasado por esa experiencia, que de una forma o de otra, pasaremos todos, es importante para la vida, para toda la vida, ya que la de ahora y la de allá, es la misma.

BELMONTE
BELMONTE
Dr. en Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CíViCa