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Por José Manuel Belmonte (Dr. en Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CiViCa)

1.- El cuidador de su parcela.

No importa que uno sea  agricultor u oficinista, lo importante es que la cuide.

No estamos preparados para tener una parcela, ni en el medio rural, ni en la ciudad y lo peor...tampoco nos han enseñado a cultivarla.

Hombres y mujeres, por igual, tienen que prestarle atención a la parcela.

Por José Manuel Belmonte (Dr. en Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CiViCa)

1.- El cuidador de su parcela.

No importa que uno sea  agricultor u oficinista, lo importante es que la cuide.

No estamos preparados para tener una parcela, ni en el medio rural, ni en la ciudad y lo peor…tampoco nos han enseñado a cultivarla.

Hombres y mujeres, por igual, tienen que prestarle atención a la parcela.

No es la parcela quien moldea al dueño.  Pero no se puede ser indiferente. Ni siquiera los padres, ni los hijos, ni los sabios del pueblo, ni los libros avisaron. Nadie compra ni escoge su parcela.  Pero ahí está.

Antes o después, sin haber jugado a  la ruleta, toca. La parcela es una realidad.

Cada uno tiene que descubrirlo en su momento, con viento a favor o a contratiempo.

Estamos ausentes o ignorantes tanto tiempo que nuestra parcela está yerma. Solo vemos las otras, las ajenas.

No es que la hayamos dejado descansar. No está en barbecho.  La ignoramos y nos fuimos.

Los labradores aran la tierra con mimo y la preparan, luego siembran y miran al cielo con frecuencia, por el agua, el hielo o las tormentas.

Ni una buena siembra garantiza una cosecha de calidad, segura y abundante: ¿la felicidad?

 ¿Puede un poeta saber cómo se cultiva una parcela?  ¿Saber cómo reconocerla y aprender a manejarse, como hacen los valientes, sin abatirse ni desesperarse? Puede ser una buena herencia. La dejó señalada en el poema titulado precisamente así. A quien le tocó, lo sabe.

LA PARCELA

A todos nos toca, a lo largo de la vida, 
una parcela de dolor. Ser feliz es efímero,
se pierde en un instante. Sin embargo, el dolor
aparece impensable y lo cercena todo.
Te sigue intermitente. Y cuando crees
que ya se ha ido y vuelves a gozar
y a ver el cielo con ojos de esperanza
viene de nuevo el rayo y te fulmina.
Nunca fui pesimista. Siempre apuré la vida
con un deseo amoroso. Ni siquiera
ahora que tengo la sentencia encima
quiero abatirme. Y lucho despiadado;
pero he aprendido, con años y memoria,
que a todos nos toca la parcela.
Y, pronto o tarde, tienes que cultivarla.

Es de José Miguel Santiago Castelo poeta extremeño, (1948-2015). Revela toda la verdad, en este poema de  La Parcela.

Premonitoriamente, su último libro La sentencia, con el que obtuvo el premio Jaime Gil de Biedma en 2015, incluye ese poema.

Cuando lo presentó al concurso no sabía cuándo se ejecutaría la sentencia que ya le habían anunciado, y que tuvo lugar poco antes del fallo del jurado.  «No quiero ser recordado, decía, como el poeta del duelo y de la muerte», sino el ser que lucha hasta el final sin abatirse.  Cuidó la parcela que le tocó en suerte, y llegado el momento, no recibió a un enemigo, sino a La hermana muerte. «Sabía perfectamente que era lo último que escribiría… Es una crónica de la enfermedad sin retorno. Es su testamento literario, y resulta imposible sustraerse a las circunstancias en las que se escribió, al leerlo».

2.- El encuentro con el abuelo.

Los encuentros con las personas que han vivido y saben, siempre me interesan. No  importa que  estén lejos o que mi camino hasta ellos se haya cruzado tarde. Tal vez, en mi retina de niño, brille siempre el recuerdo de mi abuelo, quien sabiendo que la vida estaba vivida y la canción cantada, seguía dando cuerda al reloj de pared y tenía para sus nietos un relato o una canción. Siempre estuvo en casa de alguna hija y rodeado de nietos.

Los abuelos han hecho la sociedad en que vivimos y nos hicieron a nosotros. Pero algunos, a veces, se ven en la indigencia, la falta de salud o rodeados de abrumadora soledad. Y así muchos días y la mayor parte del día.

Hoy, muchos ancianos pasan los días en su casa, en asilos o en residencias de mayores, esperando la visita de sus familiares o amigos y terminan desilusionados, abatidos o cansados, porque nunca llegan.

En algunos lugares a ese hastío, le llaman «cansancio vital» para el que ofrecen soluciones definitivas. No se plantean la falta de humanidad, por parte de la familia, ni de solidaridad por parte de la sociedad. ¡Qué dolor!

Holanda, suele encabezar esas «soluciones» que, otros países están estudiando para copiar, por ser un ahorro para la sociedad. Es una lástima que en el país de las flores, algunas, sin que nadie se acerque a ellas, para admirarlas ni olerlas, las dejan marchitar.

Hoy me interesa el abuelo poeta que dejó una herencia de lucidez sin saberlo ni él, ni su familia, ni sus cuidadores. Describió en una hoja de papel la vida, la familia y la sociedad. Golpea la conciencia y la convivencia, desde la rutina de un viejo en su geriátrico.

Es una maravillosa y una sencilla contribución literaria. También es un interrogante ético, de lo que estamos haciendo con los viejos, cuando decaen las fuerzas y el tiempo escapa velozmente.  Anónimos o desconocidos están pero… no los ve la familia, ni los cuidadores, ni la sociedad.

Tuvo que ser una enfermera, quien al recoger sus pertenencias, tropezó con un papel escrito, lo leyó y se lo dio a leer a alguna compañeras de servicio. Hicieron copias del poema. Una de ellas, como nadie había reclamado las escasa pertenecías del abuelo, se lo llevó a Melbourne y en una revista publicó aquello, de aquel abuelo. La profundidad del texto interesó incluso a la comunidad científica, y se publico en una revista para psicólogos en Mental Health.

Si se piensa, en el escrito hay una enseñanza sobre la salud mental, que abarca tanto el bienestar emocional, como el psicológico y social. Es como un espejo que nos pone ante la realidad que percibimos por los sentidos, lo que pensamos, lo que sentimos y cómo actuamos.

Comienza  el poema preguntando a la enfermera…

“Al venir a despertarme por la mañana,
¿a quién ves, enfermera?

Le dice seriamente que  miramos, pero no nos vemos…

 ¿ Qué es lo que ves?
Pues abre los ojos enfermera … porque a mí no es.

Posiblemente no se ve más que la figura, el cuerpo, lo externo… y eso, no es todo.

¡Mírame a los ojos!
Acércate para ver lo que hay detrás…

 Ahí comienza la aventura del poema; describir lo que él es y lo que ha vivido, transformándose hasta llegar aquí. El viejo ha vivido intensamente. En su alma y su memoria percibe lo esencial, lo que nadie descubre al cuidar sin mirar.

Para la chaqueta: apolillado, flacidez de la piel,
“para el alma”… me veo más allá del día de hoy…

Y salta y analiza los momentos importantes guardados en el alma:

¡…Soy un chico…! Date prisa querida,
soy travieso, divertido, tengo miedo.
Y me veo de unos cinco años… me veo en un carrusel…

Son momentos que no se olvidan con los años:

 Y… aquí está, mi momento feliz!
Ya cumplo veintiocho. ¡Soy el feliz novio!
Camino con amor al altar…

Después de algunas ausencias, alcanza, como la mayoría, la etapa de la madurez o de la plenitud:

…Tengo treinta y cinco años, la familia crece…
¡Ya tengo hijos, casa,  granja y esposa…
Mi hija que está a punto de dar a luz…

La familia crece….

Ahora ya cumplo cuarenta y cinco …
Y los niños crecen a pasos…
¡juguetes!, ¡escuela!, ¡universidad!..
¡Todos ellos, vuelan desde el nido
y se dispersan en todas las direcciones

Es ley de vida. Al dejar el nido comienza a sentir el declive o el retorno:

Nuestra acogedora casa está vacía…
pero… estoy con mi esposa!

En esa etapa, con la visita de hijos y nietos ha tocado techo…

¡Oh, qué felices somos!
Todo cambia de repente, sin avisar llega el dolor…
De repente a oscuras…
La felicidad, también, en capilla…

Comienza el frío del invierno interior…

Mi mundo está conmigo, pero con cada día que pasa
tengo menos luz, … edad, cruz en hombros,
débil, cansado sin ir a ninguna parte.
Cubierto el corazón con una costra de hielo.

Descubre, en un momento, que todo es efímero y que pasado, presente y futuro son  un instante. ¿ Vuelve a comenzar como un niño confiado?

Pero… hay que acomodarse.
Nada dura para siempre.

Si uno se acerca al abuelo, con ojos bien abiertos, confiados y llenos de ternura se pueda ver, tras la apariencia…

¡No al hombre viejo! ¡Acérquense más y me verán a Mi!

Un extraordinario testamento, que sin reproche alguno, deja descubrir la trayectoria humana y afectiva de un hombre que, ya en la ancianidad, rememora toda la grandeza de una vida, escondida entre las arrugas de un viejo cascarrabias. No tenía nada que dejar a nadie, y dejo todo a todos.

Seguro que lo disfrutarán mejor al leer el poema todo seguido…

 “Vivo” en condiciones de ser visto.
No me oyen —hago el esfuerzo necesario—, sueño feliz, sueño triste,
y me siento joven…
Como sin molestar, murmurando todo el tiempo
—Es imposible tratarme— bueno como sea posible, ¡callo!
Estoy en el suelo, derribado.
¿Dónde están los zapatos? ¿Dónde el segundo dedo del pie?
—…última llamada puto héroe: ¡levántese de la cama!
—Eso, desaparece… ¡Hermana! ¡Mírame a los ojos!
Acércate para ver lo que hay detrás…
Tengo debilidad y dolor… la vida la viví en grande.
Para la chaqueta: apolillado, flacidez de la piel,
“para el alma”… me veo más allá del día de hoy…
¡…Soy un chico…! Date prisa querida,
soy travieso, divertido, tengo miedo.
Y me veo de unos cinco años… me veo en un carrusel…
¡es tan alto! Pero mi padre y mi madre están cerca,
Yo les doy cariño, mi miedo es indestructible,
Y sé que los encanta…
Ahora… tengo dieciséis años, ¡estoy en el fuego!
¡Hay sonidos de disparos en las nubes!, me encanta mirar…
Y… aquí está, mi momento feliz!
Ya cumplo veintiocho. ¡Soy el feliz novio!
Camino con amor al altar…
Una vez más, el dolor, la tristeza, el dolor…
…Tengo treinta y cinco años, la familia crece…
¡Ya tengo hijos, casa, granja y esposa…
Mi hija que está a punto de dar a luz…
…Y la vida… ¡moscas volando hacia adelante!
Ahora ya cumplo cuarenta y cinco —¡en bicicleta!
Y los niños crecen a pasos…
¡juguetes!, ¡escuela!, ¡universidad!..
¡Todos ellos, vuelan desde el nido
y se dispersan en todas las direcciones
en cámara lenta esos cuerpos celestes!
Nuestra acogedora casa está vacía…
pero… estoy con mi esposa!
Nos acostamos juntos y nos levantamos.
Y la vida vuela de nuevo hacia adelante…
Es triste para mí… ahora… tengo sesenta.
Una vez más ¡los niños en la casa! bailan los nietos felices.
¡Oh, qué felices somos! pero aquí… de repente a oscuras.
La luz del sol… ¡Mi favorita es no más!
La felicidad, también, en capilla…
Toda esta semana se volvió gris, tengo el alma hastiada
Y sentí que yo era un hombre viejo…
Ahora, vivo sin dificultad… vivo para los nietos y los niños.
Mi mundo está conmigo, pero con cada día que pasa
tengo menos luz, en ella… edad, cruz en hombros,
débil, cansado si ir a ninguna parte.
Cubierto el corazón con una costra de hielo.
Y el tiempo no sanará ya mi dolor.
Oh, cómo la vida es larga, cuando en ella no hay felicidad…
Pero… hay que acomodarse.
Nada dura para siempre.
Y usted, inclinándose sobre mí,
Abra sus ojos, mi hermana.
No soy viejo malhumorado, ¡no!
Fui amado esposo, padre y abuelo…
y un niño pequeño, y ahora
en el resplandor de un día soleado
he de volar en la distancia en el carrusel…
¡Trata de verme… tal vez mi duelo,
   y me encontrarás..a Mi!

BELMONTE
BELMONTE
Dr. en Ciencias Humanas por la Universidad de Estrasburgo, miembro de CíViCa