Coronavirus y confianza en Dios

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Por José María Montiu de Nuix, doctor en filosofía, sacerdote, matemático,  socio de CiViCa. Publicado en Exaudi Catholic News, el 6 de abril de 2021

La enfermedad del coronavirus es una realidad que afecta a muchos ámbitos de la persona y de la sociedad. Genera situaciones difíciles. Proyecta hacia el futuro tantos interrogantes e incertezas ¿Qué ocurrirá con esto y con aquello? La pandemia diseña un futuro en forma de “x”. Dibuja sobre el globo terráqueo una macroincógnita. El Papa Francisco ha comparado este nuevo escenario a una tempestad. Se trata de un fuerte y universal temporal de no breve duración.

Esta nueva atmósfera del mundo pone sobre el tapete de forma muy claramente manifiesta, evidente, la necesidad de un agarradero. Se ha levantado como un gran clamor pidiendo una tabla de salvación.

El problema planteado no se resuelve haciendo dar vueltas a la cabeza, a base de preocupaciones. Tantas rotaciones, tantas vueltas y revueltas del cerebro, no pueden resolver nada. Sólo sirven para marear la perdiz. Inquietan, hacen perder la paz, dañan.

La solución a la pregunta sobre lo que nos deparará el futuro se halla en la confianza en Dios. Expresión ésta, “confianza en Dios”, que merecería ser impresa con grandes letras de oro sobre la esfera terrestre. Jesús, en Ti, confío. Sagrado Corazón de Jesús, en Vos, confío. En efecto: somos hijos de Dios, hijos amados de Dios. Sabemos que Él cuida de nosotros, que tiene sobre nosotros maravillosos planes de amor. En un papá así de grande, podemos confiar. Resultaría absurdo no confiar en un padre que nos ha amado tanto que nos ha dado a su hijo único, Jesucristo. Cristo, pastor que ha entregado la vida por sus ovejas; Dios-Hombre que se ha dado por los hombres en el Calvario. Me amó, y se entregó por mí.

Con el transcurso del tiempo, nos asaltaran, de nuevo, una y otra vez, interrogantes e incertezas, oscuridades y sombras. Una y otra vez, pues, habremos de renovar la confianza en Dios. Jesús, en Ti, confío. Así, recobraremos la paz.

Un avión estaba azotado y sacudido por una terrible tormenta. Un niño, que en él viajaba, permanecía en calma. Todos los demás, que estaban muy asustados, se sorprendían de su sosiego. Preguntado por la causa de su serenidad, manifestó que no estaba preocupado, ya que su padre conducía el avión. Nosotros, ¡podemos estar completamente tranquilos, pues Dios es padre providente! Los designios amorosos de Dios sobre nosotros son más fuertes que el huracán, que el virus, que el veneno, etc.

La confianza nos hace mucho bien. Es reposo del alma, da gran consuelo, reconforta, crea esperanza. Con un papá que tanto nos quiere, siempre hay motivo para estar contentos y felices.

La Providencia a veces parece abandonarnos, no la vemos actuar. En realidad, sigue viéndonos con mentalidad de padre, sigue queriéndonos con ternura de corazón, sigue cuidándonos. Así, santa Catalina de Siena, habiéndolo pasado muy mal durante una tentación, se quejó al Señor, diciéndole: ¿dónde estabas cuando padecía esta tentación? Le respondió: estaba en tu corazón, ayudándote a que vencieras. Cristo que pasa, la acompañaba, la ayudaba.

A veces las dificultades y las incertidumbres resultan muy dolorosas. También esto tiene solución. Aprendamos del pequeñín, que, habiéndose herido una rodilla, corre, con lloro desconsolado, hacia su madre. Ésta lo acoge cariñosamente, lo llena de besos y de caricias. Al niño, con este consuelo, se le pasan los males, le dejan las lágrimas, le retorna la alegría. En las dificultades acudamos confiadamente a Dios, que nos quiere más que la madre más cariñosa del mundo. Con esta confianza, encontraremos consuelo, alegría, felicidad, nuevo brío. De nuevo, pues, la misma medicina: Jesús, en Ti, confío.

Nubes oscuras las hay, pero siempre tienen un borde hermosamente plateado por el Sol. Ver este lado positivo nos ayuda mucho. Con el cariño que Dios nos tiene, se puede levantar el vuelo. Desde la perspectiva del amor toda circunstancia de la vida es un momento de plenitud. Cada latido del corazón por amor a Dios es una realidad fantástica, estupenda, maravillosa, una ocasión de oro, un gran tesoro, un canto, una poesía, una flor, una explosión de belleza. Como decía san Josemaría, todos los caminos de la tierra tienen un algo de divino.

Dr. José María Montiu de Nuix, pbro, Misionero de la Misericordia