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Por José Luis Velayos, Catedrático Honorario de Anatomía y Neuroanatomía de la Universidad de Navarra. Catedrático Honorario de Neuroanatomía de la USP CEU. Fue Catedrático de Anatomía en la Universidad Autónoma de Madrid. Recibido el 24 de febrero de 2019.

Dedicado a Blanca, Ane, Belén y Cristina.

Feminismo es el principio que aboga por la igualdad de derechos del hombre y la mujer, cosa razonable y legítima. También se ha propugnado un feminismo ligado a la llamada Ideología de género, según la que cada cual podría elegir su propio género, desligándose de su ser natural. La tentación del “seréis como dioses” del Paraíso sigue vigente: “La ideología de género es la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura”, decía Benedicto XVI.

Fue en los años sesenta del pasado siglo, coincidiendo con el llamado “mayo francés”, cuando se cuestionó el valor de la paternidad (entonces se hablaba de ”paternalismo”, autoritarismo, opresión) y posteriormente, en los años noventa, se hablaba del varón como intrínsecamente maltratador, perverso. Es un feminismo tipo “machismo con faldas”, expresión utilizada por el Papa Francisco.

De aquella época era Simone de Beauvoir (compañera de Sartre), que  prevenía contra la “trampa de la maternidad”, utilizada egoístamente por el varón: una mujer moderna debería liberarse de las “ataduras de su naturaleza”. Las feministas radicales, en consonancia con Beauvoir, recomendaban relaciones lesbianas, el  aborto, el traspaso de la educación de los hijos a la sociedad. Se apoyaban en los postulados de los representantes de la “revolución sexual” como Wilhelm Reich y Herbert Marcuse (freudomarxistas), que invitaban a experimentar todo tipo de situaciones sexuales. Era una mezcla de marxismo y pansexualismo freudiano. Fue entonces cuando se empezó a utilizar la “píldora”, como fármaco anticonceptivo. Se comenzó a hablar, no ya de contracepción, sino de anticoncepción.

No se habla de lucha de clases (pues la economía ha igualado bastante la sociedad), sino de lucha de sexos. En este sentido, algunos dicen que las diferencias entre varón y mujer serían meros roles que la sociedad asigna a los sexos. Incluso se habla de varios géneros: heterosexual masculino, heterosexual femenino, homosexual, lesbiana, bisexual e indiferenciado. Cada cual podría optar por lo que le apetezca. De hecho, hay varones que buscan determinadas intervenciones quirúrgicas para tener experiencia de mujer; y hay mujeres que quieren experimentar el ser varón.

Consecuencia lógica de estas ideologías es, entre otras, el aborto, con el que se elimina un producto “molesto”, derivado de la relación sexual. “El embarazo es una atrocidad”, decía Shulamith Firestone.

Varón y mujer son igualmente de la especie humana (ambos son hijos de Dios), con igual dignidad. En el Génesis se dice que Dios creó al ser humano como hombre y mujer. En Dios se conjuga el 3; en la especie humana, que es sexuada, el 2.

Pero no hay que confundir igualdad con igualitarismo. En este sentido, hay diferencias esenciales entre el varón y la mujer: la masculinidad significa la posibilidad de ser padre, y la feminidad la de ser madre. Y todas las células corporales, desde el inicio de la vida, son cromosómicamente de uno u otro sexo. En la mayoría de las situaciones homosexuales las causas no son genéticas. Y neuralmente, son evidentes las diferencias. Algunas estructuras cerebrales (especialmente las del hipotálamo) son mayores en el varón que en la mujer, y a la inversa.

No es lo mismo identidad sexual (varón o mujer) que orientación sexual (heterosexualidad, homosexualidad, bisexualidad). La orientación, aun teniendo una base biológica, es configurada por la educación, la cultura, las experiencias propias, entre otros factores. Los números varían según las estadísticas, pero la mayoría de las personas son heterosexuales. Cosa distinta es la conducta sexual, relativa al modo en que el ser humano conduce su sexualidad

Y el cerebro es sexuado, independientemente de las ideas, la conducta, las costumbres, los hábitos del ser humano concreto.

La sexualidad humana es como el sello del Dios del Amor en la estructura misma de la naturaleza del hombre. La buena práctica de la libertad es la de elegir el bien. No se puede elegir lo antinatural, lo que no supone falta de libertad. Por muy libre que sea el ser humano, no puede elegir ser varón o mujer (para siempre o temporalmente), o, por ejemplo, ser un escarabajo (es impresionante la obra de Kafka, “La metamorfosis”).

Fue con el cristianismo cuando se consideró a la mujer en su verdadera importancia. Es un feminismo auténtico. No en balde, la Virgen María, después del Hijo de Dios, es el ser humano más importante de la Historia. Y la Iglesia es Madre. Mujeres insignes, que influyeron grandemente en la Historia, entre otras, fueron Santa Hildegarda de Bingen, Isabel la Católica, Santa Isabel de Hungría, Santa Teresa de Jesús, Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein), Santa Teresa de Calcuta y un largo etcétera.

También se habla de la Madre Naturaleza. Muchas palabras castellanas, relativas a aspectos fundamentales, son femeninas, como vida, democracia, filosofía, libertad, belleza, caridad, ambición, etc.