Julio Tudela en TV8, tras el aval a la ley del aborto: «El derecho a la vida ya no es para todos»
12/02/2023
Razón, ideología y vida incipiente
14/02/2023

Por José Luis Velayos. Catedrático de Anatomía, Embriología y Neuroanatomía, Profesor Extraordinario de la Universidad CEU-San Pablo – Miembro de CíViCa. Enviado el 7 de febrero de 2023.

Digno es todo aquello que es merecedor de respeto, consideración, estima, encomio. Es evidente la dignidad de la vida y del trabajo.

 El trabajo es propio del ser humano. Las aves, se dice, fueron creadas para volar, y el hombre para trabajar (“ut operaretur”). Los animales no trabajan.

El trabajo es una actividad vital, quasi divina, porque es creativa, con la que el ser humano modifica el mundo, produciendo cambios profundos en la naturaleza, en el hombre, en la sociedad. La marca especial del trabajo es la creatividad. De ahí su gran dignidad. Todos los trabajos honrados son dignos. Es esencial que todo ser humano tenga un trabajo.

El trabajo bien hecho implica el ejercicio de muchas virtudes, entre otras, la laboriosidad, puntualidad, orden, constancia, generosidad. Y trabajar es servir, pues beneficia a la sociedad. Es terreno específico de la libertad del hombre.

El trabajo no fue el castigo a la desobediencia de Adán y Eva y sus descendientes. El castigo es más bien el esfuerzo, el cansancio que puede conllevar.

El trabajo puede ser manual o intelectual. El manual se hace “con las manos”; el intelectual, “con el cerebro”. Pero los dos tipos de trabajo comprometen a todo el hombre, siendo importante la salud corporal, mental y espiritual.

El trabajo manual y lógicamente la motilidad, están ligados a las áreas cerebrales motoras y asociativas. La actividad intelectual (el trabajo intelectual) implica sobre todo a las áreas asociativas, especialmente la corteza prefrontal, muy desarrollada en el hombre. Para que el trabajo se realice propiamente, es necesaria la integridad del cerebro.

El metabolismo, la digestión, el pensar, escuchar, hablar, caminar, etc., son movimientos, son cambios, que significan vida. Todos ellos pueden ser considerados trabajo.

En la Utopía de Tomás Moro se describe un país y un pueblo donde hay igualdad, justicia, fraternidad, en el que se da a cada uno lo suyo, reconociendo a cada cual su trabajo y cualidades. Esta y otras utopías, como la que describe Don Quijote en su discurso sobre la Edad de Oro, tienen un fondo de trascendencia.

Después del Siglo de las Luces, en que la “diosa razón” pretende sustituir a Dios, surgen diversas ideas utópicas sin sentido trascendente, como el marxismo y el nacionalsocialismo, que hablan de un paraíso en la tierra o de una nación fuerte que salvará al mundo.

(La diversión, la risa, son muchas veces la recompensa del trabajo. Tomás Moro afirmaba: “Felices los que saben reírse de sí mismos porque nunca terminarán de divertirse”)

Muchos consideran al hombre como una máquina perfecta, compuesta de elementos fisicoquímicos ensamblados, funcionando en base a leyes sin cabida para la libertad. Pero la máquina no puede ser feliz; el hombre sí. El hombre puede, en numerosos casos, trabajar gustosamente; a la máquina no le es posible. La máquina no trabaja. Un ordenador no puede enamorarse, darse; el hombre sí. Por eso, el supuesto  trabajo de la máquina, no es humano. El hombre no es una máquina.

Otra idea (más bien vivencia) es la concepción del trabajo como algo extrínseco, técnico, medible, impersonal. Se necesita revalorizarlo, como actividad humana de excelencia.

Trabajo y sexo.

El varón y la mujer trabajan, pero son distintos biológicamente. Las estructuras cerebrales dimórficas sexuales nos hablan de claras diferencias: por ejemplo, el hipocampo, relacionado con los procesos de memoria, es mayor en los animales hembra que en los machos (dependiendo en las aves, de las tares que realicen como progenitores). En la mujer es  más relevante el hemisferio cerebral derecho que el izquierdo, y a la inversa en el varón. En la mujer son mayores el rodete del cuerpo calloso y la zona anterior de la circunvolución cingular. Y existen otras numerosas diferencias.

El varón y la mujer experimentan el mundo de modo distinto; en consecuencia, sienten, planifican y reaccionan de un modo desigual. Dentro de la igualdad esencial, se dan diversas actitudes y aptitudes para con el trabajo por parte de ambos sexos: el trabajo, en su concepción y realización, es enfocado (en cierta manera) de forma diferente por ambos sexos.

El trabajo de las empleadas del hogar es quizá uno de los más importantes y completos: se ocupan de la limpieza, higiene, orden, alimentación, confortabilidad, sobriedad, alegría en el hogar, economía en las compras, entre otras cuestiones, lo que denota amplios conocimientos. Esto explica que existan estudios en Ciencias Domésticas.

No se debería decir que es trabajo el de las llamadas “trabajadoras sexuales”. Es actividad que no dignifica, sino que rebaja a la mujer (y en su caso, al hombre) a objeto de placer. El ser humano no es objeto, sino sujeto. Esta es otra razón que avala la dignidad de todo trabajo honrado.