Amar y hacer el amor. Consideraciones neurobiológicas

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Por José Luis Velayos (Catedrático de Anatomía, Embriología y Neuroanatomía, Profesor Extraordinario de la Universidad CEU-San Pablo – Miembro de CíViCa).

 Amar es darse. El acto matrimonial es expresión del amor de los cónyuges. Viene a ser la culminación del amor, en que cada cónyuge entrega su cuerpo (con su alma, ya que el cuerpo no es sin el alma) al otro, lo que lleva a la consecuencia en muchos casos a una prolongación de la vida, la asombrosa aparición de hijos.

Sin embargo, hacer el amor, según hoy algunos entienden, es meramente copular. Es  tomar al otro como un objeto, no como una persona. De esta forma, se banaliza y se desprestigia el amor, se hace más animal que humano.

Amar es darse al cónyuge, a los hijos, a los amigos, a los demás, a Dios. Y todo dentro de un orden. Orden en que el amor a Dios es lo primero y esencial.

En los grandes místicos, como Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, ese amor les era infundido por el Creador. Llegaban al arrobo místico, expresión del amor a Dios en sumo grado, metido su ser personal en su mayor intimidad  en Dios (“Vivo sin vivir en mí”).

Si hay amor verdadero ha de durar siempre, pues esa es la intención del amante. No se trata de un sentimentalismo fofo, sino de una realidad permanente, que aspira al para siempre. El amor de verdad intuye eternidad.

Jesucristo hablaba además del amor a los enemigos, cuestión difícil, pero mandato del Señor.

Lo último es el amor a sí mismo. A este respecto, decía el beato Carlo Acutis: “La tristeza es dirigir la mirada hacia uno mismo; la felicidad es dirigir la mirada a Dios”. En este mismo sentido, también decía: “Non io, ma Dio” (no yo, sino Dios).

Amar también es respetar y cuidar la naturaleza. Es mimar el entorno, actitud que termina siendo  beneficiosa para la sociedad, y en consecuencia, para uno mismo.

Los matices son innumerables.

Son cosas distintas el enamoramiento y el amor. En el primero se liberan en el cerebro una serie de neurotrasmisores y hormonas que refuerzan la situación, tales como la serotonina, la noradrenalina, la  oxitocina, la dopamina. Cada una de estas sustancias se forman en zonas distintas del cerebro.

Cada uno de estos compuestos químicos está relacionado con diversas vivencias, con diversas situaciones. De hecho, en la depresión hay una menor formación de serotonina; no en balde  la serotonina ha sido denominada como la “hormona de la felicidad”. En cambio, la noradrenalina es la “hormona del estrés”. La oxitocina está relacionada con la sensación de conexión, de vínculo, tal como ocurre en la lactancia, en que el hipotálamo materno segrega más oxitocina. Y la dopamina  tiene relación con la sensación de placer.

El amor es una situación más firme que el enamoramiento;  por eso, la neurobiología del amor es distinta. En el enamoramiento se da una “explosión hormonal”; sin embargo, en el amor la situación hormonal es más estable. Esto explica que sean diferentes la bioquímica del enamoramiento y la bioquímica del amor. No son  biológicamente iguales.

Pero tanto el amor como el enamoramiento son asuntos plenamente humanos, y por tanto, no se pueden reducir a biología o a química pura. No hay más que pensar en el amor de Romeo y Julieta, o en el de los cónyuges ancianos, o en los arrobos de amor a Dios de los grandes místicos. Hay poca bioquímica en todos estos casos.