Ante la Proposición de Ley de Regulación de la Eutanasia.

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Por Roberto Germán Zurriaráin, Doctor en Filosofía. Licenciado en Teología. Profesor de Didáctica de la Religión de la Universidad de La Rioja, publicado en  Blog de  Roberto Germán  Zurriaráin el 17 de febrero de 2020.

1.- No existe un derecho a morir. Si los médicos actuasen poniendo su ciencia médica al servicio de quitar la vida, su actuación estaría en contra de su compromiso ético-profesional y se rompería su relación de confianza con el paciente.

La muerte no es un derecho porque supone la anulación de la vida. Nadie tiene derecho a provocar la muerte de otro, aunque el “enfermo” lo pida. Y nadie puede tener el derecho de exigirle a otra persona que cometa una maldad.

2,. Lo que existe es el derecho a la vida. La vida humana tiene valor en sí misma, que la hace innegociable en toda situación y condición; es un valor intrínseco a la dignidad humana. El valor de la vida no lo otorga la sociedad, los jueces, los políticos, ni tan siquiera lo otorga uno a sí mismo, sino que es un valor objetivo, que informa nuestro ordenamiento jurídico. El valor innegociable de la vida sustenta todo sistema democrático.

3.- La eutanasia introduce la peligrosa distinción entre sujetos humanos dignos e indignos, pero la dignidad humana no es destruida por la enfermedad terminal, ni por la dependencia, el sufrimiento o la debilidad. ¿Acaso las personas enfermas no son dignas?

No se puede confundir la dignidad humana con la calidad de vida. Si se las identifica, se corre el riesgo de que cuando la calidad de vida decae, se piense que la vida pierde su dignidadEs la dignidad la que nos impulsa a buscar la mejor calidad de vida posible, y no la calidad la que nos sirve de metro para establecer la dignidad del sujeto.

4.- Los defensores de la eutanasia apuntan a la autonomía de la voluntad del paciente. Pero el argumento del ficticio derecho del enfermo a decidir el cómo y el cuándo de la propia muerte tropieza con un obstáculo insalvable en la práctica. En la medida en que su propia situación clínica lo incapacita para suicidarse, el titular de ese supuesto derecho no puede ejercer él solo su autodeterminación, sino que ha de incorporar necesariamente a su decisión a otras personas. Al tratarse de un derecho del enfermo que afecta a su misma vida esas personas vendrían obligadas a respetarlo. Se llegaría así a crear una «obligación de matar», disparate que no sólo repugna a la libertad, sino también al sentido común.

5.- Si se legaliza la eutanasia, supondría el fracaso de la asistencia sanitaria, pero también de la sociedad que, lejos de suprimir a los débiles y sufrientes, debería dedicarles los mejores esfuerzos y recursos disponibles.

6.- Los partidarios de la legalización de la eutanasia aducen razones de humanidad y de compasión. Pero su legalización no es la solución. Si se quiere de verdad paliar el dolor y los sufrimientos de los enfermos, habría que aprobar una ley de cuidados paliativos.

Por lo tanto, frente a ofrecer la muerte, es decir, la eutanasia, como única solución al sufrimiento de las personas, deben proponerse unos cuidados paliativos de calidad. Estos son la única opción ética, acorde con el respeto a la dignidad humana, que acompañan y atienden todas las necesidades de los enfermos en la última etapa de su vida.

La medicina paliativa, ante el sufrimiento del enfermo, procura acompañamiento, cariño, cuidado y alivio. Elimina el dolor del que sufre; en cambio, la eutanasia elimina al enfermo que sufre.

Ofrecer la eutanasia, cuando no está resuelto el acceso universal a los cuidados paliativos, es una irresponsabilidad, una negligencia y contrario a la justicia social. En este sentido, lo que sí es indigno es que el ser humano muera con dolor por no tener acceso a los cuidados paliativos.

Nos tenemos que preguntar: ¿queremos una sociedad capaz de cuidar a otros seres humanos limitados físicamente, o queremos otorgar un derecho a alguien que no lo puede ejercer por sí mismo?, ¿Qué valores transmitimos a nuestros hijos si les trasladamos que los enfermos o las personas con discapacidad no merecen la máxima protección de la sociedad?

Toda persona merece reconocimiento humano, comprensión y acompañamiento. Por el contrario, si el enfermo siente que está solo, que es un estorbo o una carga para su familia, se crea el caldo de cultivo propicio para solicitar la eutanasia.

Por consiguiente, la respuesta más adecuada pasa por aprobar una ley nacional e integral de cuidados paliativos, dotándola con más medios que garanticen su acceso universal y no por legalizar la eutanasia.